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EL 4% DE LOS JÓVENES DE BARCELONA ES ADICTO A LAS TECNOLOGÍAS

septiembre 19, 2017

El Ayuntamiento ha incluido la dependencia excesiva del móvil e internet en su nuevo plan contra la droga. El programa municipal pone énfasis en el alcoholismo, que es lo que motiva más tratamientos en los centros municipales, el 45% del total.

Fuente: CARLA MERCADER. www.20minutos.es

La dependencia excesiva del móvil e internet pasa a considerarse un problema de mayor calado. El Ayuntamiento de Barcelona, como consecuencia de las alertas que ha recibido, sobre todo desde centros de enseñanza, ha detectado que es necesario tomarlo más en serio y por ello, ha incluido por primera vez las adicciones tecnológicas en un Plan de Acción de Drogas municipal, el que se aplicará entre este año y 2020. Y es que se calcula que entre un 3% y un 4% de los alumnos barceloneses de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) «hace un uso problemático del móvil o internet», en palabras de Maribel Pasarín, directora del Observatori de Salut Pública.

Estos jóvenes, reza el nuevo plan municipal, llegan a «dejar de hacer lo que están haciendo para estar más tiempo conectados, a pensar que la vida sin la red es aburrida, vacía y triste o a sentirse preocupados o agitados» cuando no están en línea. Para hacer frente a esta realidad, el Centre d’Atenció i Seguiment (CAS) de Horta­Guinardó se convertirá en un equipamiento especializado en atender a los adolescentes con adicciones tecnológicas.
El plan del Ayuntamiento tiene también entre sus principales objetivos reducir el impacto del alcoholismo, pues el alcohol es la droga que motiva más inicios de tratamientos en los CAS. En 2016 fue el responsable de 1.864, casi el 45% de los 4.242 que se contabilizaron en total. Por otro lado, se calcula que alrededor de un 5% de los hombres y un 4% de las mujeres de más de 15 años, unas 65.000 personas, hacen un consumo de riesgo del alcohol.
Para mitigar la problemática que genera esta sustancia, el Consistorio está preparando una instrucción contra la publicidad indirecta que se hace de ella y trabajará para «controlar la oferta y reducir su presencia en el espacio público», según ha explicado este lunes la comisionada de Salut, Gemma Tarafa.
Otra de las novedades del plan municipal, además de la inclusión de las adicciones tecnológicas, es que incorpora estrategias para hacer frente al riesgo que suponen prácticas sexuales que incorporan el consumo de droga. Una de las más extendidas, sobre todo entre el colectivo gay, es el chemsex, que consiste en tener sexo durante un largo periodo de tiempo con la ayuda de sustancias como las metanfetaminas. En 2016 los CAS atendieron a 193 hombres por esta práctica.
Tarafa ha subrayado que los planes municipales contra la droga han demostrado su eficacia a lo largo de los años, como lo señalan diversos indicadores. Ha apuntado, por ejemplo, que en 2004 se recogieron 156.000 jeringuillas en la vía pública, mientras que hasta agosto de este año se contaron unas 16.000.
Ha explicado, asimismo, que en el Raval, donde han proliferado los narcopisos, fueron recogidas más de 2.000 mensuales en junio y julio, mientras que en agosto no llegaron a los dos millares. La comisionada de Salut ha atribuido el aumento del consumo de heroína en las calles de este barrio a la gran batida en el de La Mina a finales de 2015 y ha recordado que se ha ampliado el horario de la narcosala Baluard para evitar que los consumidores se pinchen en la vía pública y que se ha aumentado el número de educadores para convencerles de que no lo hagan.
Por su parte, Miquel Casas, catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autònoma de Barcelona (UAB), se ha congratulado de que en los últimos 30 años, gracias al trabajo de profesionales y a planes como los del Ayuntamiento, se ha logrado que el drogadicto deje de ser considerado «un vicioso» para pasar a ser visto como «un enfermo», al que es posible «compensar», que no curar. «Pedir la curación es volver a las cavernas», ha dicho.
Lucía Rodilla, usuaria del CAS Sants junto a su hijo: «No nos quieren en el ascensor»
«Mi hijo fue politoxicómano y viene aquí desde hace 14 años, y yo, desde hace 13. Hace tres años que está bien pero seguimos acudiendo al CAS porque continuamos muy vulnerables. Aquí nos dan acompañamiento, cariño y herramientas para defendernos. En nuestra finca, por ejemplo, hay reticencia a compartir el ascensor con nosotros». 
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