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ADICTOS A LA SEROTONINA

Fuente: hoy.es. LUIS FERNANDO LÓPEZ SILVA. Pedagogo.

Estamos habituando a nuestros menores a que sus mecanismos psicológicos y emocionales ligados a estos neurotransmisores se activan solo ante conductas consumistas en detrimento de otras más beneficiosas

Pasamos la Navidad. Días de compras, comidas, regalos y consumo desaforado. La gente realiza en estas fechas el extra de gastos más gravoso del año para satisfacer las necesidades de los seres queridos al arrullo de los villancicos, las calles adornadas y la dulzonería de los centros comerciales ofreciéndonos una mejor vida por cada compra que realizamos.

Al alimón de lo dicho, días atrás se hizo eco una noticia que comentaba una tendencia en auge. Rezaba que los desembolsos de una familia por estas fechas estaba dedicado en su mayor parte a gastos de los vástagos más pequeños. No es extraño, pues gran parte de la publicidad que nos asola estos días está dirigida a estos seres inocentes que tanto mimamos. Pero es más, en torno a este tema, existe un hecho que resulta, si cabe, aun más llamativo: la popularización, a través de los colegios y los grupos de padres, de una serie de acontecimientos a lo largo de todo el año, en los cuales, los niños son protagonistas de aquelarres consumistas que los progenitores graban con entusiasmo para después compartirlo con familiares y amigos. Hace poco visualicé un vídeo que inmortalizaba el cumpleaños de un pequeño recibiendo regalos de su grupo de amigos, mientras los padres jaleaban eufóricos el ritual. Y el niño, paralizado por el ‘subidón de serotonina’, no era capaz ni de abrir los regalos, tal era su estado de entusiasmo y felicidad.

Cuento esto porque, sin darnos cuenta, nuestra sociedad hedonista está propulsando adicciones consumistas a edades muy tempranas, manipulando las hormonas de la felicidad para producir conductas pavlovianas asociadas a la posesión de regalos y el ‘consumo ipsofacto’. Estas hormonas asociadas al bienestar son la serotonina, la endorfina, la dopamina y la oxitocina. Son neurotransmisores químicos que segrega el cerebro al realizar ciertas actividades habituales como dormir bien, comer sano, hacer deporte o tener buenas relaciones sociales.

Pero resulta que estamos habituando a nuestros menores a que sus mecanismos psicológicos y emocionales ligados a estos neurotransmisores se activen solo ante conductas consumistas en detrimento de otras más beneficiosas. El problema se genera si estas conductas y hábitos por condicionamiento se refuerzan a medida que crecen los menores, facilitados además, por un entorno digital que promueve el deseo y su satisfacción inmediata. De este modo, es muy posible que estemos educando a nuestros niños en una falsa felicidad que destruye y anula su personalidad. De hecho, en el entorno digital en el que se mueven nuestros jóvenes, se advierte claramente que toda la estructura digital interactiva de sus celulares radica en la teoría conductista, basada en el condicionamiento de los comportamientos a través de la experiencia o la asociación a determinados eventos o estímulos que predeterminan una reacción. Los diseñadores e ingenieros de estas máquinas y apps lo saben bien.

También es una verdad incontrovertible que el sistema económico actual necesita ciudadanos adictos al consumo de forma permanente para su propia supervivencia; de ahí, el uso y abuso que realiza el sector de la publicidad para transmitir a los más jóvenes hábitos asociados al consumo irresponsable, deslizando mensajes subliminales invocando que la felicidad la hallaremos en el consumo.

Lo realmente preocupante de estas tendencias familiares es que pueden convertir a los ‘peques’ en consumidores compulsivos que terminan usando la posesión inmediata de los objetos como mecanismo neutralizador de la ansiedad. Generando conductas dicotómicas de euforia-angustia que producen en el niño frustraciones infantiles que, agudizadas en el tiempo, pueden acarrear conductas violentas y antisociales de jóvenes y adultos.

Aquí, el marketing y la publicidad son las piezas claves del mantenimiento de este sistema adictivo, puesto que son las encargadas de mantener a los consumidores permanentemente estimulados para incorporar a sus vidas todos los productos, servicios y estilos de vida que se les ofrece. Es decir, convertir el consumo en yugo.

El otro punto esencial para entender la evolución de la sociedad de consumo es que quienes controlan el sistema económico no están interesados en el bienestar psicológico de los ciudadanos, ni en su realización personal, sino en acrecentar los impulsos consumistas de la sociedad para mantener el mercado en constante expansión.

Por ello, es cuanto menos paradójico que una sociedad tan preparada e informada como nunca ha existido hasta ahora, ignore esta realidad, y esté penetrada profundamente por valores y símbolos consumistas. En este sentido, no es menos cierto que el consumo sistémico nos aboca hacia un progresivo abandono de la ética del comportamiento que nos está derivando hacia una desvirtuación de lo que es la felicidad en su sentido más puro. Contra esto, Tucídides decía a los atenienses: «Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje». ¡Familias, apliquemos la receta!

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