COPOLAD: ¿De qué hablamos cuando hablamos sobre drogas?

Fuente: Marta Saiz (Paraguay).

El debate de nuevas narrativas sobre drogas fue el eje central de una de las sesiones del encuentro anual de COPOLAD III

“La historia de la humanidad parte de contarse cuentos, desde las primeras personas que relataban historias alrededor de las hogueras. Y la manera de contarlas tiene que ver con la forma de entender el mundo”, dice Arantxa Freire, periodista y responsable de comunicación de COPOLAD. Esta manera de entender el mundo tiene relación con lo que se cuenta, pero también con lo que no se cuenta. Tiene que ver con el estigma y en cómo relatamos las historias enfocadas al fenómeno de las drogas. Porque, ¿de qué hablamos cuando hablamos sobre drogas?

Hace varios años que el periodista Guillermo Garat está intentando ver “este asunto llamado drogas” como un fenómeno que no termina de explicar una serie de problemas que hay en la sociedad, más complejos que el crimen organizado, que es una de sus dimensiones. “Al referirnos a las drogas, tenemos que hacerlo desde los territorios. Cuando hablamos con las comunidades campesinas e indígenas, vemos que el problema ni siquiera es la regulación del cannabis, sino de los productos básicos como el tomate o la yuca, que no pueden vender en otros lugares”, afirma Garat. “Hay que olvidar la palabra drogas y centrarnos en los territorios”. Del mismo modo que no hay que poner únicamente la atención en las redes transnacionales de crimen organizado, “que tanto daño hacen a nuestras democracias y a la sociedad, que matan políticos, periodistas…”.

Porque los problemas que se esconden detrás de la palabra droga son los conflictos sociales o la marginalidad, como comenta Garat. “Una de las principales fuerzas para explicar a la sociedad qué está pasando es ir al detalle, ponerle cara, y hablar con las personas que consumen drogas. Los relatos de las fuerzas de seguridad cumplen un rol importante, pero no son suficientes para explicar la diversidad del fenómeno”. Para el periodista, los indicadores utilizados son, en ocasiones, tendenciosos y no suman para una transformación social positiva en zonas deprimidas económicamente. Tampoco interpelan a la sociedad y las políticas públicas.

“Quienes deben hablar sobre drogas son las personas que las usan, las afectadas por las políticas y sus aliadas, la sociedad civil. Y cualquier diálogo debería integrarlas”, destaca Adrià Cots, asesor de investigación y promoción del International Drug Policy Consortium IDPC. “Los documentos fundamentales que explican el origen histórico de estas narrativas son las convenciones internacionales de drogas de la ONU, que son de los pocos tratados con una naturaleza represiva y punitiva”. Y expone una cita que aparece en el preámbulo de la Convención Única de Estupefacientes de 1961: “Reconociendo que la toxicomanía constituye un mal grave”. Una expresión con la que, resalta el investigador, “estamos creando un marco en el que las personas que consumen drogas están vinculadas al mal intrínsecamente”.

Otro ejemplo sobre instituciones que crean narrativas es el reporte anual de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). “Se han añadido elementos interesantes, como las alternativas a la prisión. Pero no se habla de derechos humanos, desarrollo o reducción de daños”, destaca Cots. “A veces da la sensación de que si hablamos sobre derechos humanos y políticas de drogas es una frivolidad. Y en realidad estamos poniendo énfasis en hechos que van, desde la violencia policial, a la tortura o a la falta de acceso a servicios básicos. Tenemos que generar un relato que compare las políticas de drogas con los objetivos de desarrollo, los derechos humanos y la salud”.

El estigma hacia las personas consumidoras y productoras

Integrar la perspectiva de los derechos humanos en el fenómeno de las drogas es fundamental para poner en contexto las situaciones, las causas y poder entender y humanizar a las personas, tanto las consumidoras, como las cultivadoras o productoras. Y hablar desde el concepto de personas, no de ‘yonkis’ o ‘drogadictos’, incluyendo a las mujeres y a las diversidades de género, que también son parte de la población que consume y produce. Por ejemplo, una persona campesina que tiene un cultivo de hoja de coca en la Colombia rural profunda, donde no llega el Estado con infraestructuras y servicios básicos, no tiene otra alternativa para sobrevivir que con los cultivos de uso ilícito.  “La distribución de las ganancias que deja la cadena de producción de la cocaína es profundamente desigual: un 70% se va al tráfico, y apenas alrededor de un 1,2% se queda en el campesinado”, escribe Garat en este reportaje publicado en El País.

Y lo mismo ocurre con el estigma hacia las personas consumidoras. Verónica Russo es fundadora y activista de La Red Latinoamericana y del Caribe de Personas que Usan Sustancias Psicoactivas LANPUD. Para ella, el cambio de una narrativa empieza por la reforma de las políticas de drogas, comenzando por la despenalización de la tenencia para el consumo. Bajo el lema “Nada sobre nosotrxs sin nosotrxs”, en LANPUD trabajan desde la mirada de la interseccionalidad y la búsqueda de la participación para un mayor involucramiento de las personas afectadas. “Apuntamos a un cambio de políticas de drogas lo más humana posible, que no dé de comer a la guerra contra las drogas”.

Una guerra en la que, según cuenta Garat, entre 2006 y 2012 en México se gastaron 39.000 M. dólares en políticas antidrogas, el equivalente a 1.000 hospitales. “Muchas veces se justifican estas políticas con la protección en materia de salud. Sin embargo, los principales problemas de salud en el continente americano no provienen del uso de alcohol, tabaco, cocaína u opiáceos, sino de la alimentación. Entonces, ¿qué estamos evaluando? ¿Será que estamos tratando un síntoma como si fuera una causa?”.

Y es que “un mundo sin drogas no tiene ningún sentido”, destaca Daniel Radío, médico y secretario general de la Junta Nacional de Drogas de Uruguay. “Las personas hemos convivido con las drogas a lo largo de más de 6.000 años. En la actualidad, las drogas se transforman en un arma arrojadiza electoral, donde todas las personas candidatas de todos los partidos y sectores prometen que van a acabar con el problema. Y hablan de problema, porque inmediatamente al tratar el tema de las drogas aparece esta palabra”. Radío, más que referirse al problema, lo hace al consumo, que puede ser problemático o no. Igual que el término adicciones: “Prefiero no usar este término. Creo que lo que hay son relaciones con la sustancia, que en ocasiones pueden llegar a ser tóxicas, al igual que podemos tener relaciones tóxicas con el juego o el trabajo. Con ello, no estoy haciendo una apología del uso de sustancias, no digo que esté bien hacerlo, digo que es deseable que las personas puedan gestionar su placer, de manera informada y sin necesidad de que le hayamos regalado el negocio más rentable de la historia de la humanidad al crimen organizado”.

Porque el fenómeno de las drogas es una realidad muy compleja como para definirla con una sola palabra o término. Como concluye Garat: “No podemos reducir una intrincadísima realidad social, que tiene manifestaciones distintas en cada territorio, a una sola palabra. En estos años como periodista he aprendido que la droga esconde mucho más de lo que dice como concepto. Cuando decimos droga no estamos diciendo nada, sino escondiendo mucho más”.

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