Salud mental y alcohol, esa droga que no vemos tan perjudicial

Fuente: cuidateplus.marca.com. Laura Merino. Psicóloga.

El consumo de alcohol se ha normalizado hasta tal punto que se tiende a minimizar sus efectos sobre la salud física y mental. Sin embargo, las evidencias sobre sus perjuicios son contundentes y no hay ninguna cantidad que se pueda considerar segura.

Ese saber popular que dice “una copita de vino en las comidas no solo no es mala, sino que es digestiva y beneficiosa para la salud” está siendo difícil de desmontar en toda su
dimensión de bulo. Y es difícil porque se nos ha colado en nuestro discurso y en el del entorno, a veces incluso desde la consulta de un profesional de la salud, la televisión o consejo familiar. Y también es difícil de desmontar para una sociedad como la española que todo lo celebra al calor de un brindis, con fuertes intereses económicos, no solo de productores, sino de hosteleros y toda una actividad turística que se baña también en muchos litros de alcohol. Pero las encuestas estatales basadas en los estudios científicos son contundentes relacionando el alcohol con una principal causa de enfermedad y mortalidad, y en concreto con más de 200 enfermedades.

¿Drogas de consumo social o blandas?
Alcohol, hachís y marihuana son drogas de consumo social muy frecuentes ante las
que se baja la guardia con sus efectos negativos en la salud mental del consumidor.
Frente al daño tremendo que heroína y cocaína evidentemente hacen, estas otras
drogas se tienden a valorar como menores, blandas… dando la espalda a los datos
que años de investigación han arrojado sobre esta falsa creencia.
Si nos centramos en el alcohol, se conoce bien que se trata de una sustancia
psicoactiva depresora que afecta -en cualquier medida que se tome- a los
mecanismos y equilibrio neuroquímico de nuestro cerebro. Es un potente desinhibidor
y eso se comprueba porque ante la toma de cierta cantidad -no mucha- nos sentimos
inmediatamente más confiados, menos ansiosos y relajados. Pero cuando estos efectos
desaparecen, también se experimenta otros negativos que no solemos asociar tan
claramente con ese consumo hecho para divertirnos, esos efectos negativos suelen
manifestarse como una mayor irascibilidad, ansiedad o depresión. Es decir, del
mismo modo que el alcohol es causante de la alegría y desinhibición, lo es de la
posterior tristeza e irritabilidad.

Relación del alcohol con la depresión y otros problemas
mentales
Pero con un consumo mayor y sobre todo frecuente, numerosos estudios han
mostrado que el alcohol se relaciona con muchos problemas de salud mental, como
por ejemplo la depresión. Son muchos los casos en los que el bebedor que logra
abstenerse del consumo de alcohol, también se ve liberado de la depresión,
siendo entonces esta depresión un síntoma derivado directamente del consumo y no
de un estado propio. De este mismo modo, el consumo de alcohol frecuente también
se relaciona con la capacidad de producir cuadros ansiosos, y con psicosis en casos de
consumo muy elevado. También se ha comprobado una clara relación con el aumento
en el riesgo de suicidio, y mayor deterioro cognitivo en consumo incluso
moderado.
Otro aspecto negativo derivado del consumo de alcohol es la interacción tan
perjudicial que tiene con medicamentos, minimizando la eficacia farmacológica y
agravando todos los cuadros psicológicos que requieren de una medicación habitual.
Es frecuente ver muy infravalorado el impacto que una “cervecita” tiene para reducir la
eficiente acción de la medicación que se toma para determinados cuadros psicológicos.
Las personas tienden a atribuir la causa en la falta de mejoría en su estado o el
empeoramiento, a la ineficacia farmacológica más que al consumo negligente que
están haciendo.
Un último punto importante es el uso que hacen muchas personas del alcohol como
herramienta para la gestión de cuadros ansioso/depresivos; se convierte para ellos en
una especie de terapia, consiguiendo un falso efecto beneficioso muy a corto
plazo, pero a largo plazo se va generando una total dependencia de dicha terapia, es
decir, una adicción, aunque la persona nunca llegue a estados de embriaguez muy
evidentes. Pero además de esa dependencia, con este mal abordaje la persona también
se asegura una cronificación y agudización del cuadro psicológico que pretende paliar.
Una depresión o ansiedad gestionada así de inadecuadamente con el tiempo se
mantiene y sobre todo empeora.
En conclusión, diríamos que no solo queda desmontado el mito del “beneficio o efecto
protector” del consumo moderado de alcohol, sino que es evidente que cualquier
consumo de alcohol está asociado siempre a cambios patológicos en el cerebro.
La cantidad de alcohol solo determina la gravedad de los problemas, cuanto más
alcohol, más y mayores problemas, pero siempre es perjudicial.

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