La alimentación y nutrición de los menores no es un asunto baladí en ningún lugar del mundo, ya sea por déficit (seguimos sin solucionar el problema del hambre en el planeta despilfarro) o por exceso.

En el llamado Occidente (o Despilfarrolandia) tenemos problemas serios con la obesidad infantil (la creciente pobreza y la desigualdad conllevan además un mayor consumo de ‘fritanga enlatada’); los refrescos azucarados no ayudan a mitigar este problema, y menos si entran en la ecuación estas bombas de estimulantes que llamamos bebidas energéticas, mezclas que más que dar energía, a la larga, si no se modera el consumo, lo que parece claro es que te la quitan y quizás para siempre.

A principios de mes el Ministerio de Consumo alertó, basándose en un informe de la AESAN (Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición), que un 26% de los menores de entre tres y diez años las toman (superamos la media europea que está en torno al 18%). Leer «tres años» abre los ojos en este asunto, aunque sea una cuestión de margen estadístico. También se apunta en el estudio que entre los adultos hay un consumo «agudo» y «crónico». Los más jóvenes están sustituyendo las tradicionales bebidas azucaradas (que tampoco son saludables) por los nuevos estimulantes.

El ministro Alberto Garzón se comprometió a finales de mayo a revisar la situación de estos combinados en la legislación española y concretar campañas de concienciación. El Ayuntamiento de Utrera (Sevilla) acaba de lanzar, por ejemplo, una campaña destinada a los adolescentes bajo el título: «Bebidas energéticas, auténticas bombas para la salud.» En la presentación se hizo hincapié en que hoy día los niños y adolescentes las beben de camino al colegio, como quien toma un café antes de ir a trabajar.

Hay países, como Alemania y Dinamarca, que ya han empezado a regularlo. En las legislaciones próximas se pone coto a las cantidades de cafeína que llevan, por ejemplo, o al tamaño de los envases; incluso se prohíbe su venta en supermercados a menores de 16 años, como ocurre en Reino Unido.

La razón está en sus componentes, los supuestos ‘energizantes’, que en la mayoría de los casos se encuentran en exceso, pudiendo causar problemas graves de salud si se abusa de ellos, siguiendo la vieja máxima de que la dosis hace el veneno.

Mucha cafeína, más que un café espresso o concentrado (superando, a veces, con solo dos latas, los límites de seguridad de este estimulante recomendados en adultos, entre 300 y 400 miligramos). Y esto se junta a otros estimulantes como la taurina, la L-carnitina, la glucuronolactona, el guaraná, el ginseng… con escasa o inexistente información sobre las cantidades presentes de los mismos. Además, contienen vitaminas que lejos de beneficiar al organismo pueden dar lugar incluso a una hipervitaminosis (en el caso de la vitamina B3 o ácido nicotínico).

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La AESAN remarca en su informe que el consumo ha ido aumentado en España (llegando al 2% de las bebidas refrescantes). Allí dejan claro que no están recomendadas para niños, embarazadas y lactantes. ¿Cómo es posible entonces que uno de cada cuatro niños las tome en España?

Dos latas -aunque en función de la marca varían las cantidades de cafeína-, según los expertos, nos pueden mandar al angustiante mundo de la sobreestimulación: insomnio, nerviosismo, inquietud, agresividad, trastornos gastrointestinales y alteración de la frecuencia cardiaca, sumado al impacto metabólico que produce el disparo de azúcar (ambos efectos, a largo plazo, podrían afectar al corazón o desarrollar enfermedades crónicas).

Además, muchos jóvenes lo mezclan con alcohol: un depresor unido al fogonazo estimulante. Los azúcares ayudan a una mayor absorción del alcohol. Esto puede facilitar un coma etílico o que se beba en exceso, ya que los desmanes de la borrachera se enmascaran si se continúa bebiendo.

Se venden envases de 500 ml (que pueden contener 180 mg de cafeína, mucho más de lo que se considera una dosis segura para un niño de seis años, y superando los límites de uno de catorce). Con lo que si se toman dos latas se alcanza un litro diario de una bomba estimulante y además muy calórica.

La AESAN indica que su etiquetado suele ser confuso (como ocurre con la mayoría de productos procesados, por otra parte). Pero quizá la queja que más sobrevuela a estas latas de la discordia es que hasta hace poco nos habíamos olvidado de señalar sus posibles efectos perjudiciales. Y esto tiene relación con una falta de regulación específica y de concienciación. Es decir, no estamos en el marco de una limonada o de un simple refresco, sino más bien de algo parecido al alcohol: es necesario un consumo moderado y responsable, siempre informado. La OMS considera que si sigue aumentando su consumo podría devenir en un problema de salud pública.

El hecho de que tanto la publicidad de las marcas como su consumo tenga por diana la franja de población más joven no es una buena noticia (un 62% de los adolescentes, entre 10 y 18 años, las toman, frente a un 31% de los adultos).

Es un consumo global que crece: el periódico británico The Guardian publicó el año pasado un reportaje llamativo, donde se destacaba que en Afganistán – sí, en los límites quemados de la Tierra en guerra-, las toman niños, embarazadas, ancianos y hasta jefes de los talibanes, al disponer de un estimulante no alcohólico que es permitido por su religiosa ley draconiana, el cóctel favorito en bodas y encuentros. Un ‘regalo’ de la invasión estadounidense.

La imagen publicitaria está conseguida, por ese laissez faire, o dejar hacer legal, como ha ocurrido con el juego electrónico (del que veremos sus consecuencias más pronto que tarde). Nos han vendido que es una bebida para deportistas que da muchas alas. Pero la realidad puede ser muy distinta si se abusa de ellas: una obesidad y diabetes crecientes, o problemas cardiacos, que ni las alas de un extinto pterosaurio podrán poner en vuelo.

La bebida del deportista siempre ha sido el agua o como mucho, en casos puntuales, la bebida isotónica (que tienen poco que ver con las llamadas energéticas). El resto es márketing. Estas bebidas pueden causar más deshidratación, en realidad, y hasta golpes de calor, si se combinan con deporte extremo.

De hecho, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) prohibió desde 2011 que las marcas publicitaran supuestos efectos de vigor o energía. Pero el mal está hecho. Informar, dar a conocer, regular y apartar de su consumo a los menores, apelar a la responsabilidad de los adultos, progenitores y cuidadores, ser sinceros, honestos con los productos, es la mejor manera de salvaguardar la salud de todos. Una madre o padre tiene que saber que si su hijo de seis años o menos está tomando una de estas latas esto será prejudicial. Y lo tendría que saber desde la misma etiqueta. Y luego los adultos que hagan lo que quieran con sus sobreestimuladas alas.

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